chesterton

El votante y las dos voces

El mal del sistema de partidos se plantea mal. Lo planteó mal Lord Rosebery, cuando declaró que impedía que los mejores hombres se dedicaran a la política y que fomentaba conflictos fanáticos. Dudo que los mejores hombres se dediquen nunca a la política. Los mejores hombres se dedican a la cría de cerdos y a los niños y a esas cosas. Y en cuanto a los conflictos fanáticos entre partidos, yo desearía que hubiese más. El auténtico peligro de dos partidos con sus dos programas es que limitan indebidamente la perspectiva del ciudadano: sólo le permiten preferir un programa u otro. No hemos alcanzado una completa democracia porque la decisión dependa del pueblo. La tendremos cuando del pueblo dependa el problema. El hombre corriente decidirá no sólo qué va a votar sino sobre qué va a votar.

El punto débil de tantas peticiones actuales para la ampliación del sufragio es éste: no es la pequeñez o la amplitud del sufragio el problema actual de la democracia. No es la cantidad de votantes sino la cualidad de lo que votan. Las cámaras y las elites de la clase política les presentan determinada alternativa. Dos caminos se les abren, pero deben tomar uno u otro. No pueden escoger lo que quieran, sino sólo entre lo que les presentan. Pongamos un ejemplo práctico. Las sufragistas quieren hacerle algo al primer ministro, Mr.  Asquith. No tengo ni idea de qué. Supongamos que quieren pintarlo de verde. Puede que el Gobierno del momento acepte pintar a Mr.  Asquith de verde. Entonces la Oposición adoptará otra política: jamás la de dejar tranquilo a Mr.  Asquith (lo que considerarían peligrosamente revolucionario), sino alguna acción alternativa, como pintarlo de rojo.  Ambos partidos se abalanzarían entonces sobre el pueblo, gritando que la cosa dependía ahora del césar de la democracia. Un oscuro y dramático aire de conflicto y crisis se levantaría entre ambos bandos; flechas de sátira volarían y llamearían espadas de elocuencia. Los verdes dirían que es natural que los socialistas y los partidarios del amor libre quieran pintar a Mr.  Asquith de rojo, pues el rojo es el color del desorden. Los socialistas replicarían indignados que el socialismo es lo contrario del desorden, que quieren pintar de rojo a Mr.  Asquith porque así recordaría a los buzones de correos, que ejemplifican el correcto funcionamiento de los servicios públicos. Los verdes negarían con pasión las acusaciones de los rojos: negarían que deseaban un Mr.  Asquisth verde con la intención de camuflarlo, como hacen algunos animales aterrorizados, entre los bancos verdes del Parlamento.

Habría broncas en las calles, quizá, y abundancia de banderitas, de insignias y de lacitos de los dos colores. Una multitud cantaría: “Verde que te quiero verde” y la otra: “Porque vivir se ha puesto al rojo vivo”. Pero tras el último esfuerzo y en el último momento, cuando las dos multitudes estuviesen esperando los resultados de la votación, entonces ambos bandos dirían que era el momento de la democracia. Inglaterra iba a levantar la cabeza, en terrible soledad y libertad, para pronunciar su veredicto. Sin embargo, puede que esto no fuese totalmente cierto. Inglaterra podría perfectamente desear que Mr.  Asquith fuese celeste. La democracia de Inglaterra, en teoría, si le hubiesen permitido determinar una política por sí misma, podría haber deseado que fuera negro con lunares rosas. Podría incluso haberle gustado tal y como es ahora. Pero un inmenso aparato de riqueza, poder y prensa habría hecho prácticamente imposible otras propuestas, incluso si fuesen las preferidas. Ningún candidato defendería los lunares, porque los candidatos normalmente tienen que producir dinero para sus propios bolsillos o para los de su partido; y los lunares no cotizan tanto.

Todos los grandes periódicos, los solemnes y los frívolos, declararán dogmáticamente día tras día, hasta que todo el mundo medio se lo crea, que el rojo y el verde son los únicos colores de la paleta. The Observer dirá: “Nadie que conozca el sólido marco de la política o los enfáticos primeros principios de un pueblo imperial puede suponer ni por asomo que sea posible llegar a un acuerdo en materia como ésta. Debemos cumplir nuestro evidente destino como raza y coronar los siglos con la augusta figura de un primer ministro verde; o si no, debemos abandonar nuestra herencia, romper nuestro compromiso con el Imperio, abandonarnos a la anarquía final y permitir que la llameante y demoníaca imagen de un primer ministro rojo flote sobre nuestra disolución y nuestra condena”. El Daily Mail diría: “No hay otro camino en este asunto: o verde o rojo. Ojalá veamos a todo inglés honesto de un color o de otro”. Y entonces algún humorista de la prensa popular replicaría que al Daily Mail le parecería bien ver a toda Inglaterra de rojo… excepto sus cuentas bancarias. Pero nadie se atrevería siquiera a murmurar que existe el amarillo. Es más claro argumentar con ejemplos tontos que con serios, porque los ejemplos tontos son sencillos. Pero podría proponer muchos casos graves de lo que acabo de exponer. En la última fase de la guerra de los Boers, ambos partidos insistían en cada discurso y en cada panfleto que la anexión era inevitable y que la única cuestión era quién debía llevarla a cabo, los liberales o los conservadores. No era ni mucho menos inevitable: habría sido fácil firmar la paz con los Boers como las naciones cristianas firman la paz con sus vencidos. Pienso que egoístamente hubiese sido mejor para nosotros, mejor para nuestro bolsillo y nuestro prestigio si nunca se hubiese consumado la anexión, aunque esto es una opinión. Lo que es obvio es que no era inevitable; no era, como se decía, lo único posible; había muchas otras posibilidades; había otros muchos colores en la paleta. También en el debate sobre el socialismo, se insufla en la mente del respetable que debemos elegir entre el socialismo y una cosa horrible que ellos llaman “individualismo”. No sé qué significa, pero parece la adopción de la filosofía moral de Juan Palomo: “Yo me lo guiso, yo me lo como”.

Tranquilamente se da por hecho que los dos únicos tipos posibles de sociedad son la colectivista y la que existe ahora, que es como un vertedero animado. No hace falta decir que yo preferiría el socialismo al presente estado de cosas. Yo preferiría incluso el anarquismo al presente estado de cosas. Pero el hecho es que el colectivismo no es la única posibilidad de un orden más igualitario. Un colectivista tiene todo el derecho a pensar que el suyo es el único plan sensato; pero no es el único plan plausible o posible. Podríamos tener un sistema de propiedad de los campesinos; podríamos tener muchas pequeñas comunas; podríamos tener cooperativas; podríamos tener un comunismo anarquista; podríamos tener un montón de cosas. No estoy diciendo que ninguna de ésas sea buena, aunque no puedo imaginar que ninguna de ellas pudiese ser peor que la actual casa de locos con su exceso de ricos y torturados pobres. Digo que es  evidencia de la alternativa rígida y estrecha ofrecida a los ciudadanos, el hecho de que apenas ninguno sea consciente de esas otras posibilidades. Hay al menos diez soluciones al problema de la educación y nadie sabe cuál quieren los ingleses realmente.  A los ingleses sólo se les permite votar sobre la que ahora ofrece el Gobierno y la de la Oposición. Hay diez soluciones al problema del alcohol y nadie sabe cuál quiere la democracia.  A la democracia sólo se le permite pelearse por una ley a la vez.

O sea, que la situación está así: la democracia tiene derecho a responder, pero no a preguntar. Sigue siendo la aristocracia política la que pregunta. Y no nos pasaremos de cínicos al suponer que la aristocracia política será siempre muy prudente al preguntar. Y si la peligrosa autocomplacencia confortable de la moderna Inglaterra persiste mucho, terminará habiendo menos democracia en unas elecciones inglesas que en un saturnal de esclavos de Roma. La clase poderosa elegirá dos posibilidades, ambas seguras para ella, y dará entonces a la democracia la gratificación de elegir una u otra.  El señor elegirá dos cosas tan parecidas, que no le importaría escoger entre ellas al azar… y entonces, como una broma inmensa, permitirá que los esclavos escojan.